Me parece necesario hacer mención de este síndrome muy poco conocido en la consulta diaria. Cuando a un paciente se le hace el diagnóstico de depresión severa, Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida o cáncer, por mencionar algunos, la gran mayoría de la atención y los recursos se centran en los pacientes que padecen la enfermedad y pocos voltean a la familia.

La familia como sistema posee recursos como cohesión, adaptación, normas, valores y conductas para enfrentar situaciones de salud y enfermedad. Estas, al conocer un diagnóstico de este tipo (principalmente cuando es una enfermedad terminal), sufren profundas perturbaciones. Por ejemplo cuando la enfermedad es incapacitante (mental o físicamente) surge la figura del “cuidador directo”, iniciándose así una alteración de la dinámica familiar, que si no se supera de forma funcional puede traer consecuencias como el “síndrome del cuidador”. Este síndrome constituye una alta carga de estrés para el cuidador, lo que lleva al peligro de que este estrés sobrepase las capacidades del cuidador y presente repercusiones en la salud física y el estado de ánimo.

La familia se convierte en la parte más importante del equipo de salud, debido a que es en el seno de esta que se produce y desencadena la enfermedad, tiene lugar el proceso de curación, la rehabilitación y en muchos casos la muerte. De hecho es la familia por medio de su cuidador principal la que se encarga del baño, tratamiento y otras cosas diarias de estos pacientes.

No todas las familias ni sus miembros responden igual, de hecho las respuestas que den las familias están marcadas por algunos factores, como por ejemplo: características personales individuales, tipo de relaciones o afectos con el paciente, historia previa de pérdidas, relaciones y conflictos previos, tipo de enfermedad y muerte, recursos socioeconómicos, entre otros.

Los miembros de la familia deben repartirse lo más equitativamente los cuidados y responsabilidades para con el paciente, así como las tareas de funcionamiento familiar. Por ejemplo, si la persona que cae enferma era la encargada de recoger a los niños en el colegio, alguien más debe asumir esa responsabilidad, y no en pocas ocasiones la familia no tiene idea de la cantidad de actividades desarrolladas por el enfermo, de tal manera que cuando no las puede hacer, la casa como organización puede tambalear y hasta caerse. Si la “repartición” de las responsabilidades no se negocia adecuadamente puede conducir a que una o dos personas se recarguen en sus actividades y se sientan abandonadas por el resto de la familia, cayendo en el síndrome del cuidador, el que lo incapacita y entonces la familia ya no tiene un enfermo, sino dos, no necesita un cuidador, sino dos. Esto genera tensiones en las relaciones familiares que a su vez llevan al enfermo a despreciarse por ser el causante de las peleas y desacuerdos.

El cuidador principal debe ser la persona con las mejores condiciones para asumir responsablemente el cuidado del paciente, por contar con posibilidades reales y disposición para su atención, tener una buena relación afectiva con el enfermo, suficiente nivel escolar para entender y transmitir información al paciente y al resto de familiares, así como capacidad para imprimirle seguridad y bienestar emocional en la mayor cantidad posible. Además idealmente es el cuidador quien decide convertirse en el cuidador, es decir, debe ser una decisión voluntaria, de no ser así llevará en la mayoría de los casos a presentar el síndrome del cuidador. Es menester del Médico de Familia brindar el soporte suficiente al cuidador y su familia para que pueda ejercer su función con el menor costo emocional posible.

Es en estos casos que su Médico de Familia puede orientarlo.