Espera en la recepción de la clínica del psiquiatra infantil, pero para él debe ser una eternidad tener que estar ahí sentado. Su hermano está adentro porque es hiperactivo y al parecer no es el único en la familia.
El niño podría llamarse Rodolfo, Antonio o José; podría ser casi cualquiera del 8% de la población infantil, porque la hiperactividad afecta a ese porcentaje de los niños y es más común en los varones, según explica el doctor Otto Moisés Castro.
Estos pequeños tienen en común problemas de conducta en la escuela, episodios de violencia con otros niños, incapacidad para poner atención, baja autoestima y hablan en exceso, entre otras cosas que los caracterizan.
Si bien el término hiperactividad suele ser utilizado para nombrar un trastorno neurobiológico, también es una condición que puede ser propia del temperamento del individuo.
Para el doctor Castro la palabra se emplea de un modo peyorativo, cuando solo significa un exceso de actividad según la edad y desarrollo esperado del niño.
En general, dice, el trastorno suele identificarse en la edad escolar, porque es cuando los padres pueden caer en la cuenta, con ayuda de los maestros, de que su hijo es diferente.
“Un aspecto que se toma en cuenta para diagnosticar la hiperactividad como un trastorno es que el niño tenga esa actividad exagerada en al menos dos lugares donde se desarrolla”, detalla el psiquiatra.
En algunos casos, la hiperactividad va acompañada del déficit de atención, un trastorno de origen neuronal que impide el aprendizaje correcto del niño.
Este problema tiene diferentes subtipos. Algunos niños son distraidos o inatentos, mientras que otros son más hiperactivos y compulsivos. También están los casos en que ambas características se combinan.
Encajonar a un niño en uno u otro subtipo es difícil, porque también existen aspectos individuales, por lo que debe ser el psiquiatra o el neurólogo infantil el que evalúe detenidamente el caso para definir el tratamiento.
Incluso, algunos niños pueden resultar ser solamente más inquietos que el resto; otros son solo distraidos, mientras que hay pequeños que pueden tener el trastorno en un nivel leve, moderado o severo.
En cuanto al tratamiento, este es individualizado. En ciertos casos se requiere el uso de fármacos, pero esta es una decisión que debe tomar el padre bajo la asesoría del médico. Los medicamentos se administran arriba de los seis años de edad, puntualiza el doctor Castro.
Asimismo, se requiere una terapia en la que participen los padres y el niño, cambios en la alimentación, el ambiente y espacio en el que se desarrolla el pequeño.
En un 50% a 70% de los casos, la hiperactividad se acompaña de otros trastornos de la conducta, como el oposicional, ansiedad, problemas del humor, tics nerviosos y dificultad de aprendizaje. Por eso el tratamiento es individual, porque en cada niño la manifestación es distinta.
El papel de los padres, e incluso los cuidadores y maestros del pequeño, es fundamental en esto.
