Bryan Ganey salió lentamente del auto de sus padres. Michael y Martha Ganey habían llevado a su hijo al trabajo porque no se sentía bien; durante el último par de días, las tareas sencillas lo habían dejado sin aliento y agotado.

Con 261 kilogramos, estar fuera de forma era normal para Bryan, por lo que simplemente lo ignoró. Sin embargo, cuando se dirigía hacia la puerta de su oficina el 20 de junio de 2010, las cosas cambiaron repentinamente.
Los Ganeys se alejaban cuando el teléfono de Martha sonó. Lo único que escuchaba en el otro extremo de la línea eran jadeos.
La pareja detuvo el auto y regresó rápidamente al edificio, donde encontraron a su hijo tirado en los arbustos, luchando por respirar. El trayecto hasta el hospital tomó sólo cinco minutos, pero a Martha le parecieron horas. A Bryan no le importaba el tiempo: sabía que iba a morir.
“Yo estaba absolutamente convencido de que estaba teniendo un ataque al corazón. Los médicos me habían dicho antes que, por mi tamaño, si alguna vez tenía problemas de corazón, no podrían operarme. Así que había una gran posibilidad de que este fuera el final; iba a llegar allá y no habría nada que pudieran hacer", dijo.


